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La fuerza de la soledad

“Aprender a estar en la presencia de Dios en la soledad nos permite ser piadosos al estar en comunidad.”

En cierta noche, empecé a ver un atisbo de algo nuevo que podría servir de bien para otros, que salió de mis experiencias en la soledad. Era una bella noche de verano, las ventanas y las puertas estaban abiertas, y nuestra casa y el patio estaban llenos del tipo de energía que sólo un grupo de jóvenes vibrantes de la escuela secundaria podía traer. No importaba que fuera tarde, yo seguía tratando de cumplir con una tarea de escritura; y mañana también sería un día completo de trabajo. En esa noche nuestra hija Bethany y unos veinte de sus amigos más cercanos se habían reunido espontáneamente en nuestra casa para pasar un rato. Algunos estaban en el patio jugando al voleibol, otros estaban en la calle jugando baloncesto, otra contingencia jugaba billares en el sótano, y siempre había alguien paseando por mi oficina para obtener una bebida o un aperitivo.

Mi reacción inicial a este escenario fue la irritación. ¿No podría yo hacerme una pausa aquí? ¿No podría tener un poco de paz y tranquilidad para poder hacer algo? Esto no era un sentimiento nuevo para mí; es quien soy cuando me dejo controlarme a mí misma. Con demasiada frecuencia, he respondido a mi vida en la compañía de otros con este tipo de frustración, empeñada en cumplir mi propia voluntad, y dar forma a mi entorno utilizando mis propios deseos y necesidades. De hecho, la conciencia de mi actitud auto-centrada era una de las cosas que me había enviado en el primer lugar a la búsqueda de los niveles más profundos de transformación de mi vida.

Pero en esta noche me encontré finalmente lista para hacerme un tipo diferente de pregunta. En lugar de preguntarme cómo podría manipular mi entorno para obtener lo que quería, la pregunta surgió: ¿Hay algo de mis experiencias en estos días de plenitud en Dios que puedo llevar a este momento, a estos adolescentes? Yo no hacía esta pregunta desde una actitud de “la madre culpable", sino la preguntaba porque todo en mí dolía con el deseo dar un buen regalo a estos adolescentes. ¿Pero cómo?

Me acordé de Julián de Norwich y su declaración maravillosa sobre estar en la presencia de Dios aun cuando en la compañía de otros: "Veo a Dios, te miro a ti, y sigo mirando a Dios." A pesar de que a menudo yo había orado por otros de esta manera durante los momentos de soledad, en esa noche decidí intentarlo en medio de un momento muy común de mi vida como una madre ocupada en una casa llena de adolescentes, frente a mis tareas y los largos días de trabajo - un momento que aún se repite una y otra vez en estos días. Pensé: Si mis experiencias de la soledad y el silencio no marcan la diferencia en este momento de la vida real, entonces no estoy segura de que nada de esto valga mucho.

Así que volví a mirar a Dios. Sentada frente a mi computadora, tratando de sacar un artículo, cansada, con adolescentes que iban y venían de todas las puertas... Me volví hacia el interior a aquel lugar de tranquilidad donde me había acostumbrado a encontrarme con Dios, y le pedí que me diera ojos sagrados - ojos apartados de lo común - para ver y sentir y conocer la realidad espiritual en ese momento.

Entonces, cuando volví a mirar a esos adolescentes, empecé a ver y sentir cosas que eran poco usuales para mí. En lugar de sentirme frustrada por el deseo de estar sola para poder escribir, me llené de gratitud porque esos jóvenes habían elegido estar en un hogar donde los padres estaban presentes, aprovechando su energía juvenil en formas que afirmaban la vida. En vez de desear que mi casa estuviera en silencio, comencé a experimentar el ruido y la actividad como la energía del espíritu juvenil, y me sentí atraída por ella, llena de ella. En lugar de experimentar sus idas y venidas y preguntas curiosas como interrupciones, empecé a notar lo hermoso y distinto que era cada uno de ellos, y fui avivada por el privilegio de interactuar con ellos.

Después de mirar con mis ojos sagrados a esos adolescentes, miré a Dios, y sentí que su amor por ellos llenaba mi propio corazón. Una oración profunda, más allá de las palabras, brotó de mí, una petición de que, de alguna manera, ellos serían bendecidos por los fragmentos y momentos de nuestro tiempo juntos.

En vez de sentir el cansancio de una noche más de responsabilidad parental, el estar en la presencia de Dios en este momento, de alguna manera, llenó mi corazón con amor y energía renovada y con maravilla. En ese momento toqué una dinámica espiritual que estaba más allá de mi propia capacidad de producir. En medio del ruido externo y del caos, yo estaba en la presencia de Dios en compañía con otros, y fui cambiada por ella.

No me había avanzado más allá de la soledad; más bien, por la gracia de Dios, traje la tranquilidad de mi soledad hacia el momento presente. Aprendí, mediante la experiencia y la experimentación, que la soledad no consiste sólo en crear condiciones perfectas fuera de mí en un centro de retiros, una iglesia o un rincón devocional; la tranquilidad de la soledad y el silencio se estaba convirtiendo en una condición interna dentro de la cual yo podía reconocer y responder a la motivación, a la voz, a la misma presencia del Dios.

Y así las prácticas de la soledad y el silencio, con el tiempo, nos llevan al punto de partida, de vuelta a la vida en la comunidad humana. Ya sea que hemos estado ausentes durante una media hora de soledad o hemos tenido un retiro prolongado o nos hemos retirado completamente de la vista por un tiempo - Dios, en su tiempo, finalmente nos regresa a la vida que nos ha dado. Tal vez nada en nuestras circunstancias externas haya cambiado, pero nosotros sí hemos cambiado, y eso es lo que nuestro mundo necesita más que nada.

Sin presionar ni afanarnos ni intentar hacer una gran obra altruista, descubrimos que mucho de lo que pasa en la soledad y el silencio termina siendo para el beneficio "de los demás", por paradójico que pueda parecer. Nuestros patrones de habla son perfeccionados por la disciplina del silencio, porque la creciente autoconciencia nos permite escoger más precisamente las palabras que decimos. En vez de hablar desde la fuente de nuestra subconsciente necesidad de impresionar a otros, o poner a otros en su lugar debido, o competir, o controlar y manipular, o pagar el dolor con un daño, ahora observamos nuestra dinámica interior y elegimos hablar desde una posición diferente, una posición de amor, de confianza y una sabiduría verdadera que Dios está cultivando dentro de nosotros. Con el tiempo llegamos a ser personas más seguras, benignas para otras almas que buscan algo, porque somos capaces de estar con ellos y los problemas con los que están tratando, sin que ellos estén enganchados por nuestras propias ansiedades y temores. Estamos cómodos con nuestra humanidad, porque hemos experimentado el amor y la compasión de Dios en ese lugar; y así se vuelve muy natural para nosotros extender el amor y la compasión a los demás en su propia humanidad.

A pesar de toda nuestra piedad y actividad, los creyentes no siempre somos conocidos por nuestra bondad. A veces somos francamente mezquinos y críticos. Pero la mayoría, si no toda, de nuestra mezquindad viene de los lugares dentro de nosotros que han sido desatendidos e indiferentes al amor de Dios. Cada aspecto quebrantado de nuestra vida que no ha sido sanado y transformado en la presencia de Dios es un borde duro de nuestra personalidad que corta y daña a otras personas cuando chocan contra ella.

No es de extrañar que Bonhoeffer haga la declaración sorprendente y contra-intuitiva, "Que el que no pueda estar solo se guarde de la comunidad". Sin la soledad somos peligrosos dentro de la comunidad humana y en la comunidad cristiana, porque estamos a merced de nuestras compulsiones, obligados por nuestro vacío interior a una búsqueda auto-orientada y ansiosa de la plenitud en la siguiente ronda de actividades, logros o relaciones que hacemos. Cuando no nos encontramos amados por Dios en la soledad, entonces en la compañía de otros estamos siempre en la búsqueda de maneras en que ellos puedan llenar nuestro vacío. Entramos en la vida en comunidad tratando de agarrar de los demás algo que sólo Dios nos puede dar.”

Por contraste, cuando estamos experimentando a nosotros mismos como los amados de Dios, aceptados y apreciados por él en toda nuestra belleza y quebrantamiento, nuestros bordes ásperos comienzan a ablandarse. Comenzamos a ver a los demás como amados también, y eso es lo que se refleja de nuevo a ellos cuando nos miran a los ojos. El amor de Dios no sólo viene a nosotros en la soledad, también comienza a derramarse a través de nosotros hacia los demás. Este es un tipo muy diferente de productividad, y sólo Dios puede traerla hacia afuera.

* Se han añadido las itálicas en este artículo.

Tomado de Invitación a la Soledad y el Silencio Por Ruth Haley Barton. © 2004 por Ruth Haley Barton. Usado con permiso de InterVarsity Press, PO Box 1400, Downers Grove, IL 60515. www.ivpress.com

 

Preguntas para reflexión

1. ¿Puede la costumbre de un tiempo asolas con Dios ayudarnos aún en los momentos más agitados de la vida?  ¿Si es así, cómo nos ayuda?

 

2. Explique la frase “ver a otros con ojos sagrados.” ¿Cómo fue de ejemplo en esto nuestro Señor Jesús en Marcos 6:33-34?

 

3. ¿Cómo puede uno experimentar un momento de “soledad y silencio” aun en medio de una multitud?

 

4.  Explique la siguiente frase en sus propias palabras: “El amor de Dios no sólo viene a nosotros en la soledad, también comienza a derramarse a través de nosotros hacia los demás.” ¿Cuándo ha experimentado esto en su propia vida?

 

5. ¿Hubo algo en esta breve historia que fue impactante o motivador para usted?

                            

Este material está tomado de “El Desafío del Liderazgo,” por James Kouzes y Barry Posner.